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domingo, 21 de abril de 2013



Cinco meses más tarde y casi sin quererlo, me sorprendo recordando a aquel turista que fijó sus ojos en mí un segundo antes de subir al vagón número seis. Mi única intención es sosegar el recuerdo punzante de esos dos niños con la cara sucia de carbón o de polvo, arrastrando por las vías de tren una confusión de toses y manos diminutas. En un banco cercano se hallaba un hombre esperando recibir las monedas que nacen de la mendicidad, golpeaba el futuro de esos niños, como quien limpia con violencia los restos de arena en una toalla, consciente de que jamás nadie iba a pronunciar una palabra en contra. Posiblemente fuera su padre. En cualquier parte, existe siempre la hiena que disfruta gustosamente de la porción que se le brinde, por mísera y vergonzosa que ésta sea.

La estación se había edificado al descubierto y hacía frío esa mañana -todo el viaje fue un sentirse desnudo, catorce días con la piel no cubierta por las telas que, sin embargo, mitigaban el temblor de los huesos astillados imperceptiblemente-. Nuestro cuerpos pulcros, el olor a limpieza, la suavidad de un pelo cien veces cepillado, se erigían como un signo de traición. La voracidad de sentido apenas existía allí. Todo era prontitud, celeridad, la consecución de un minuto más en el que extender las manos y volver a escuchar el sonido del metal, la recompensa, la única manera de evitar un futuro concierto de gritos y de golpes. También desconocían aquellos dos rostros infantiles de qué modo mendiga el corazón del hombre, de cualquier hombre, del hombre que desea poseer y de ese otro hombre que confunde sus lágrimas en la lluvia. 





Fotografías de Alfredo Gómez 

sábado, 16 de marzo de 2013



(...)
a veces gozaré las armonías;
a veces lloraré ante una visión,
y quizás en la tristeza de mi ocaso,
el amor lucirá su sonrisa de adiós. 
Alexander Pushkin



Fotografías de Alfredo Gómez Pérez

viernes, 30 de noviembre de 2012

(i)

Regresó con las pupilas llenas
y eso siempre escuece en la garganta

(porque el dolor sí,
el dolor desfigura los sentidos,
configura los sentidos).

                    *

Hay maneras de morir en Occidente
pero se oculta la sangre,
pero se adora lo aséptico,
pero la muerte es frágil
como un ramo de flores.

Entonces el polvo es sólo para los niños sucios,
para los cuerpos sucios,
para los mundos sucios tejidos de fronteras,
acuerdos bilaterales, resoluciones de la ONU,
un transcurrir de heridas y de gasas.
El hedor a orín de los orfanatos,
los enfermos mentales saludando en la puerta,
las vendedoras de abalorios,
el agua para desentumecernos,
la danza de los cuervos sobre el río:
la maravilla aquí es no olvidar la muerte,
la Humanidad pariendo
aunque después
reniegue de sus vástagos.