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lunes, 26 de agosto de 2013

En las ciudades nuevas aún no sabes qué baldosín bien valdría un esguince. No conoces las calles, ni las líneas de autobús, ni dónde sería mejor no adentrarse si tu seguridad es tu primer principio. No conoces las cafeterías donde vale la pena detenerse ni los bares que te robarán algunas horas más de las que imaginaste. Ningún espacio te recuerda a nada en especial, quizá algún monumento, una plaza, una fuente, algún vestido con demasiado vuelo; pero aquí no olvidaste nada, aquí nadie te hizo apretar las muelas de rabia o de alegría.  Nadie te rozó el hombro para decirte que habías olvidado tu paraguas en el perchero de la facultad ni te dio los buenos días con una convicción tal que de inmediato lo fueron.

Desconoces la exactitud con que los jardineros recogen las ramas y las colillas, la frecuencia con que un conductor aprieta enfurecido el claxon. Aún no has probado el plato que te hará asidua a un restaurante ni el súper donde ajustarás una y mil veces la lista de la compra cuando gula y bolsillo no hagan migas.


Tampoco sabes nada sobre los afectos. Ni las normas sociales que establecen cómo se debe saludar, qué número de besos marca el protocolo o con qué intensidad debe uno apretar la mano que le tienden. Ahora sólo conoces una cosa: qué atardecer fue el primero en llenarte los ojos de posibles.


miércoles, 21 de agosto de 2013

siempre he querido ser el cemento
que aguanta el peso de la gente:
soy la eterna confirmación de la nada.

(...)
me desangro y no sé hacer
otra cosa al mirarte.

Crujido, Princesa Inca


domingo, 3 de febrero de 2013

Fotografía de Laura Ortega


"Descansar en la luz,
mientras el universo va 
tejiéndose".

Chantal Maillard

lunes, 21 de enero de 2013



"And I showed my body to the sea again.
And I laughed at her for being so cruel.
And I left these broken bottles, and empty corridors.
And I walked right on through.
And I never, I never dream of you.
Oh, honey, I never, I never dream of you".


Al menos hasta donde me alcanzaba la vista, no solía haber nadie más en la playa pasadas las siete, a excepción de una pareja de ancianos que paseaba algunas tardes por allí con un niño de apenas dos años, rubio y menudo, rozándoles los talones. Andaba dubitativo, con pasitos cortos y escasamente decididos que solían acabar en tropiezo, pero se mantenía firme y rebosante de asombro cuando miraba al mar. Me descansaba observarle, tenía el pelo enmarañado por la brisa y parecía debatirse entre una alegría intensa y cierto terror casi imperceptible a medida que se acercaba a la orilla. Sus abuelos se situaban detrás de él, sonreían y esperaban a que el el niño les pidiera un helado -el desenlace siempre era ese-; para lo cual tenían que abandonar la playa y acercarse a un pequeño quiosco regentado por una joven argentina que, a fuerza de repetición y costumbre, sabía perfectamente cuál sería su elección y se apresuraba a preparar dos batidos de chocolate y un cono de fresa nada más les observaba aproximarse.

Además de eso y de unos cuantos elementos rutinarios, de aquel verano recuerdo principalmente las dudas, la llovizna suave y constante que caía sobre las aceras del pueblo por las noches, un paisaje nebuloso y abúlico y las noticias que llegaban desde Madrid, en su mayor parte edulcoradas -para evitarme sufrimientos, según me dijeron más tarde-. También la sensación de estar continuamente esperando un desenlace que podía llegar a ser devastador. Siempre llevaba conmigo una libreta pequeña y de hojas cuadriculadas, que sostenía sobre los muslos si decidía sentarme a observar, lo cual sucedía bastante a menudo. Creo que era un modo de poner orden, como si necesitara una parcela de control absolutamente mía, un espacio ileso. Quizá por ese motivo me enfurecía tanto que se levantara de cuando en cuando aquel viento caprichoso e imprevisible, capaz de pasar por mí las páginas del cuaderno sin previo aviso. En cierto modo, no era únicamente aquello lo que me obligaba a retroceder una y otra vez, pero se erigía como un símbolo fácilmente identificable de todos mis pasos en falso. Violar una frontera es más sencillo que reponer un cuerpo, las preguntas de un cuerpo -escribí en la primera de las hojas-. 

martes, 1 de enero de 2013

Ayer fue día de:

I
Rememorar ciertos momentos gratos, punzantes o dolorosos; significativos en cualquier caso. Pensar que si no valiesen su peso en oro no podrían golpearte así. Es justo decirlo, aunque maldigas más de una vez lo mucho que dejaron pendiente.

II
Sonreír, alzar la copa justo por encima de la barbilla. Has decidido no beber sidra este año. Un líquido dorado se trasluce a través del cristal pero se trata de una bebida para niños, mucho más dulce. Un cúmulo de burbujas confluyen en la lengua: la infancia se parecía a eso.

III
Repetir ciertos ritos. Aquí no hay nada sacro (echar de menos sí, eso debiera serlo). Es mucha la madera que aguarda entre las brasas acrecentando la fe en estrellas fugaces. El carmín como escudo cuando tiemblan las manos.

IV
Mirar hacia unos cuantos ojos que conoces bien: es hora de pedir un deseo, de prometer mentalmente cosas sin trascendencia que no vas a cumplir. En cuestión de segundos sonreirás de nuevo, casi sin ser consciente. A veces es sencillo dar las gracias.

V
Hay tres niños en el salón y las palabras "qué grandes están ya" reverberan en tu cabeza. Pareces mamá, te dices. Vuelves a sonreír y aflora en tu rostro un gesto dulce, confiado.

VI
El espejo te devuelve una imagen ladeada de ti misma, te detienes a observarla. Se acercan los veintiuno. Como dos cometas enredadas, a punto de precipitarse hacia el asfalto, tu trayectoria y la mía se aproximan. Tres años antes te dijimos adiós, mantuvimos el cuerpo de sal más de un invierno (y aún ahora, siendo sincera). Si pensara un instante más en eso, tendría que volver al baptisterio de luz que construimos y no existe, al tiempo de los interrogantes, del aceite hirviendo... de dibujar sobre la almohada paisajes imposibles, descuidados. 

VII
"Ayúdame a lanzar todo este confeti a los mayores, tía" te repite insistentemente un niño, apretando tu mano con la suya. Para qué la nostalgia... habrías disfrutado tú también mirándole a los ojos, a su ilusión tan nueva como el primer temblor.


viernes, 29 de junio de 2012

Más allá de grafías no me nombro,
                                                    ¿no es triste tener voz 
                                                    si todo lo conoce
                                                    con equidad distante? 


                                                  

sábado, 5 de mayo de 2012

Todo el amor hecho de témperas

"Se le ocurría pensar que el amor del pintor por ella sólo podía basarse en alguna confusión y le preguntaba a veces por qué la quería (...); le decía que la amaba como el carnicero ama los ojos atemorizados de la ternera y el rayo a la quietud de los tejados; le decía que la amaba como se ama a la mujer querida, arrancada de la estupidez de su hogar."

La vida está en otra parte, Milan Kundera.


                                                                                  After the bath 1884, E. Degas
                                                    

Todo el amor hecho de témperas, trazos tan finos como las hebras que reposan en el taller de costura. Todas las hebras que redimen las telas rotas... Un hombre lleva a arreglar un precioso conjunto de su esposa, ella se diluyó en años que discurrieron entre las tuberías de un hogar habitado pero no compartido; y ahora hilvana otro amor, se cose las pestañas y las manos, los muslos temblorosos, con otro cuerpo mientras su ropa de domingo descansa en un taller y su marido paga la cuenta de la bella máscara que la enfunda a veces.

LG