He cumplido y he roto, me he dejado vencer y, algunas veces,
me despierto sabiendo que un sueño me ha devuelto la oportunidad de escucharte
reír, como si lo posible fuera sólo una variable más de lo real. Y doy gracias;
doy gracias una y otra vez... y lloro -aunque, debo decirte, una vez
descubiertas las instrucciones de Cortázar y Girondo, su correcta consecución no
tiene ningún mérito-.
Lloro porque la felicidad es desmedida, sincera, paralizante,
y nada es tan sencillo como entonces; o porque es un engaño tan inocente, como
un regalo envuelto pero vacío, que no sé cómo conducir de nuevo el pulso al
estado común, a la vida que casi nunca es. En esa celeridad estoy, de nuevo, celebrando,
sonriendo tapándome la boca, como en esta foto juntos de hace quince años, con vértigo y la sangre
agolpada en los oídos. Viviendo, viviendo... Ambos. Estúpidos, tiernos, infantiles,
incontinentes emocionales.



