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sábado, 5 de enero de 2013


"Actualizadas y explicadas en palabras, sus impresiones se podían resumir del modo siguiente: la muerte era de una naturaleza piadosa, significativa y tristemente bella, es decir, espiritual; pero, al mismo tiempo, también poseía una segunda naturaleza, casi contraria, muy física y material que, desde luego, no se podía considerar bella, ni significativa, ni piadosa, ni siquiera triste. La naturaleza solemne y espiritual se expresaba en la suntuosa mortaja y ataúd del difunto, las magníficas flores y las palmas que, como se sabe, significaban la paz celestial; además, y más claramente todavía, en el crucifijo entre los fríos dedos de lo que fuera el abuelo, en la figura del Cristo bendiciendo de Thorwaldsen, que se hallaba en la cabecera del féretro, y en los dos candelabros que se alzaban a ambos lados, los cuales, en aquella ocasión, habían adquirido igualmente un carácter sacro. Todas aquellas disposiciones claramente hallaban su sentido y su buen fin en la idea de que el abuelo había adoptado su forma definitiva y verdadera para siempre. Pero además, como muy bien captó el pequeño Hans Castorp, aunque no quiso reconocerlo, todo aquello, y especialmente a su vez, la enorme cantidad de flores (y, entre éstas, en particular de nardos) tenía otro sentido y otro fin más prosaico: mitigar ese otro aspecto de la muerte que no es ni bello ni realmente triste, sino más bien casi indecente, bajo, indignamente físico; hacer olvidar o impedir tomar conciencia de la muerte.
    A esta segunda naturaleza de la muerte se debía que el abuelo difunto pareciese un abuelo tan alejado que en realidad ya ni siquiera pareciese el abuelo, sino más bien un muñeco de cera, de tamaño natural, que la muerte había cambiado por la persona y al que ahora se rendían tan píos y fastuosos honores. El que yacía allí, o mejor dicho: lo que se hallaba allí tendido no era, pues, el abuelo, sino sus restos mortales que, como bien sabía Hans Castorp, no eran de cera, sino de su propia materia, pero sólo de materia vacía, y precisamente eso era lo indecente y ni siquiera triste; tan poco triste como lo son las cosas que conciernen al cuerpo y sólo a él”.
La montaña mágica, Thomas Mann

sábado, 3 de noviembre de 2012

(Suite francesa, Irène Némirovsky)

"Se oían cañonazos bastante lejanos, pero, a medida que se acercaban, todos los cristales temblaban en respuesta. En habitaciones cálidas con las ventanas cuidadosamente tapadas para que la luz no se filtrara fuera, nacían criaturitas, y su llanto hacía olvidar a las mujeres el aullido de las sirenas y la guerra. En los oídos de los moribundos, los cañonazos parecían más débiles y carentes de significado, un ruido más en el siniestro rumor que acoge al agonizante como una ola. Acurrucados contra el cálido costado de sus madres, los pequeños dormían apaciblemente, chasqueando la lengua con un ruido parecido al cordero al mamar. Los carretones de las vendedoras ambulantes, abandonados durante la alerta, esperaban en la calle, cargados de flores frescas."



viernes, 5 de octubre de 2012

Los sostenes y las bocas que no desean

Todos estos hombres:
caparazón de tortuga,
dedos atusando un cabello
que es casi un testimonio,
apenas un puñado de mechones
en una inmensa bóveda craneal.
Gestos obscenos y besos tibios.

Todas estas mujeres:
iris ansiosos escrutando
una cesta de flores,
estirando la falda y la falta.
Aséptico el pecho
que no pronuncia
nunca la caricia.

(Aquí los cuerpos observan el reloj:
unos querrían aminorar su marcha,
otros volarlo por los aires).

Entre las luces de neón solo brillan
tachuelas y disfraces,
algunas risas son canciones fúnebres
y ni los estropajos desquitan
el olor culpable de las habitaciones.



miércoles, 12 de septiembre de 2012



En las vías de tren 
casi siempre yace
algún cadáver.
Alguien
que ya no es
pero lo desconoce.

Las estaciones no tienen
tiempo de engalanarse
con flores
ni puede entonar
su pequeña canción triste
el metal engrasado
hace unas horas.

Los crespones deberán esperar
a más difuntos,
tal vez a más difuntos honoríficos
(una explosión,
un militar desecho en la metralla,
intelectuales y artistas
"cuya pérdida nos deja desolados").

En el pueblo el párroco 
no hará correr la voz
y la madre se pintará
frente al espejo
como cada mañana de oficina.

Mientras tanto
algunos viajeros se preguntan,
sus ojos como úteros vacíos...

domingo, 15 de julio de 2012

Derramarse sin centro y sin contornos

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.
Luis Cernuda



Daniel Johnston
                                              
 

Cuando cruzas el parque y yo te espero
sentada con un libro en las rodillas,
comprendo un poco más acerca
de los lazos y el estertor violeta
que engarza a los amantes
en un latido agónico y sediento.

Algo puedo intuir de sus ensoñaciones,
en la celeridad
con que sucede todo,
en la escasa mesura
del tacto coronando en sudor
lo extenso y lo finito,
derramando la luz sin centro,

sin contornos.

             

domingo, 24 de junio de 2012

Lo que olvidan los mapas y guías de viaje

Ignoras a qué sabe la tierra, a qué distancia exacta aguardará esta vez lo que terminará muriendo en los trayectos. Las chamizas de tierra seca no atienden ningún llanto: ni siquiera los gritos de las parturientas conmueven un milímetro su armadura arcillosa.

Allí los cementerios no suelen tener lápida, para qué si la boca que quiere nombrar al que se ha ido escucha más alto el bombear de la sangre en su estómago. ¿Hacia dónde se yergue el luto? Puede que las moscas acompañen los cuerpos. Eso es todo, no vale la pena detenerse en el porvenir de un esqueleto nuevo ahora que frente a ti asoma un niño. Sonríe, parece vislumbrar un horizonte abriéndose en posibles, aunque tan solo algunos burlen al camposanto. Tiene las manos extendidas, igual que quien resiste de una manera pura: como cuando golpea el Sol entre los ojos y los cierras aprisa, incapaz de intuir otras opciones. 

Su boca descansa en el pecho que llena sus dientes de leche, a él le sanan sólo los brazos tendidos al futuro. Y sin embargo, tiene también azul el rastro del dolor. Recuerda las palabras del chamán, cada mezcla esparcida en una tabla, los olores cítricos y el suave ir y venir de canciones sibilantes y manos que se chocan invocando a otra mano infinita. A otra mano capaz de interceder. Se pregunta si el cielo esperará a los niños que se marchan sin haber usado jamás unos zapatos. A los niños-esqueleto de espiga, a los niños-ancianos, a los niños-reflejo del mundo que duerme abrazado a ese otro horizonte al que asfixia. 



                                                      (Fotografía de Walter Astrada)

                               

sábado, 19 de mayo de 2012

Futuro


Lejano inmenso inabarcable desde estos cuerpos      v   c
                                                                             e   a
                                                                            r    l
                                                                             t    e
                                                                             i    s
                                                                             
                                                                                     finitos
                                                                                                     putrefactos.





"Ninguno de nosotros está intacto y, sin embargo, llevamos dentro todos los continentes, los mares que separan los continentes y las aves del aire. Vamos a consignarlo: la evolución de este mundo ha muerto, pero no ha recibido sepultura. Estamos nadando en la superficie del tiempo y todo lo demás ha naufragado, está naufragando, va a naufragar."
Trópico de Cáncer, Henry Miller

martes, 1 de mayo de 2012

La desnudez y los escombros

Han ardido.
El tumulto se aferra a los cubos
y tiene enrojecidas las facciones,
las encinas son lenguas 
arrasadas por el fuego;
ya no cercan los cuerpos
despojados de señas
y límites:
la desnudez excede los sentidos.

Nunca tuvieron ojos las encinas
pero todo el sudor, la partitura
sujeta entre las ramas
y el peso de los mirlos
heridos por el plomo,
todavía golpean en el aire. 

Y a las nucas enlazadas a otras manos
y a la respiración henchida 
y silenciosa de la tierra
acuden los escombros,
regresan las cenizas...

LG.