miércoles, 12 de septiembre de 2012



En las vías de tren 
casi siempre yace
algún cadáver.
Alguien
que ya no es
pero lo desconoce.

Las estaciones no tienen
tiempo de engalanarse
con flores
ni puede entonar
su pequeña canción triste
el metal engrasado
hace unas horas.

Los crespones deberán esperar
a más difuntos,
tal vez a más difuntos honoríficos
(una explosión,
un militar desecho en la metralla,
intelectuales y artistas
"cuya pérdida nos deja desolados").

En el pueblo el párroco 
no hará correr la voz
y la madre se pintará
frente al espejo
como cada mañana de oficina.

Mientras tanto
algunos viajeros se preguntan,
sus ojos como úteros vacíos...

jueves, 6 de septiembre de 2012

Sobre lo poético y/o lo fatídico

Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas (...).  

Su aventura con Teresa había empezado precisamente en el mismo punto en que terminaban las aventuras con otras mujeres. Tenía lugar al otro lado del imperativo que le impulsaba a conquistar a mujeres. No pretendía descubrir nada en Teresa. A Teresa la recibió descubierta. Hizo el amor con ella antes de que le diese tiempo de coger el escalpelo imaginario con el que abría el cuerpo yacente del mundo. Antes aun de que tuviera tiempo de preguntarse cómo sería cuando hiciera el amor con ella, ya le estaba haciendo el amor.

La historia de amor empezó después: le dio fiebre y él no pudo mandarla a su casa como a otras mujeres. Se arrodilló junto a su cama y se le ocurrió que alguien se la había enviado río abajo en un cesto. Ya dije que las metáforas son peligrosas. El amor empieza por una metáfora. Dicho de otro modo: el amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética.

La insoportable levedad del ser, Milan Kundera


Todos tenemos esos objetos que nos son fatídicos -un paisaje reiterado en unos casos, un número en otros-, cuidadosamente elegidos por los dioses a fin de suscitar acontecimientos de especial significación para nosotros: aquí tropezará siempre John, allí se le partirá el corazón siempre a Jane.
Lolita, Vladimir Nabokov

martes, 4 de septiembre de 2012

(Sarah Moon)

                        

                           Ojalá nunca dejes que la marea me cubra por entero... 
                           y que dibujes soles en mi nuca 
                           cuando el azul me hiera entre los ojos.

viernes, 10 de agosto de 2012

Desaprender el miedo

Despedir a los días. Despedir cada cosa que se agota, que carcome tus márgenes y a veces te golpea en las costillas. Despedir lo que cae entre los ojos y te llena de agua o de granizo. Despedir lo que no tiene hueco, como la ropa colocada en una silla o un horizonte fugaz y anaranjado justo antes de caer la noche lentamente. Lo que no tiene hueco es sólo un recordatorio cruel: antes hubo un espacio que sí estuvo lleno con lo que hoy rechazas. Estar desposeído de lo que ya viviste no es una cosa fácil, decías en esas escasas ocasiones en las que rememorabas el paso de otras amantes por tu vida o algún episodio especialmente significativo o doloroso para ti.

Estar desposeída, me repito justo ahora; y me doy cuenta de que algunas veces necesito asirme a palabras tibias, alejar un instante la necesidad, lo imperioso, empeñarme durante un segundo en decir adiós sin emitir ningún sonido, sin agachar la vista y sin tocar otra vez la cicatriz. Como si el daño o el recuerdo fueran tan solo el peso leve de una pluma.

jueves, 19 de julio de 2012

Inventarios de sal

Pasos sencillos: como cuando alguien captura tu huella y la estampa en un nuevo pasaporte, primero el roce de la tinta, breve, después la percepción de lo duradero, lo físico, lo palpable. Finalmente, la constatación de que los horizontes se siguen extiendiendo aun cuando estrechas dentro de ti las flores muertas, el rastro de caracoles derribados por las suelas de goma, el olor a incienso si necesitas que tu cabeza sea una tabla rasa, un campo a punto de la siembra. 

Cuanto más te duele respirar el aire entre arboledas inmensas, más agradece tu respiración ese resuello puro. Hubieras preferido no tener que abrir las manos para recoger los cristales pero no se puede caminar eternamente sobre ellos. Te salva ver la sangre, intuir el cese de la herrumbre, de los quistes: aceptas, al fin, que negarte es mutilar tu sombra. Y recuerdas también el frescor de los primeros días de Mayo, tiembla tu pecho de futuro...


domingo, 15 de julio de 2012

Derramarse sin centro y sin contornos

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.
Luis Cernuda



Daniel Johnston
                                              
 

Cuando cruzas el parque y yo te espero
sentada con un libro en las rodillas,
comprendo un poco más acerca
de los lazos y el estertor violeta
que engarza a los amantes
en un latido agónico y sediento.

Algo puedo intuir de sus ensoñaciones,
en la celeridad
con que sucede todo,
en la escasa mesura
del tacto coronando en sudor
lo extenso y lo finito,
derramando la luz sin centro,

sin contornos.

             

miércoles, 4 de julio de 2012

Balance, hoja de ruta.


"I don't want a purpose
     in your life
I want to be lost among 
    your thoughts
the way you listen to New York City
when you fall asleep".
Leonard Cohen

Ha cambiado todo desde que aterricé aquí. El color de las paredes, contemplar el mar a una calle de distancia, escuchar conversaciones que no consigo comprender en su totalidad –aunque eso no es completamente nuevo-, beber chocolate caliente cuando llego a casa (a una casa que no es mi casa y que quizá por eso acaricia menos y duele también menos) tiritando y con la pechera de la cazadora cubierta de un granizo espeso que tarda minutos en desaparecer. Observar a parejas cómplices abrazarse a la salida de la escuela, del trabajo, de la biblioteca, a veces también del hospital (hay uno a apenas seiscientos metros del vecindario); y observar también, en un pub repleto de jóvenes y de cerveza negra rebosando en la barra, a parejas que una hora antes no se conocían buscarse con las palmas de las manos para encontrar a veces esqueletos, amantes que jamás responden no. 

Dije que había cambiado todo, pero yo ya había visto muchos besos y muchas búsquedas antes, en otro escenario, es cierto, pero un cambio de sendero no siempre implica un cambio de destino. Además, hay algunas cosas que permanecen intactas. Las que arañan furiosamente mi pose de persona pausada y hermética, afanadas en hacerme ver que lo que hubiera querido dejar en la puerta de embarque tiene textura ósea y sal y fajines de cartas y memoria de asientos traseros; y fisuras y rotos y carcoma en lo incierto y lo soñado. De eso nadie va a despojarme en ningún control de seguridad. Ojalá alguna compañía aérea tuviera esa delicadeza, la de emprender el vuelo sin la carga que dejan las heridas...