En las
vías de tren
casi siempre yace
algún
cadáver.
Alguien
que ya
no es
pero
lo desconoce.
Las
estaciones no tienen
tiempo
de engalanarse
con
flores
ni
puede entonar
su
pequeña canción triste
el
metal engrasado
hace
unas horas.
Los
crespones deberán esperar
a más
difuntos,
tal
vez a más difuntos honoríficos
(una
explosión,
un
militar desecho en la metralla,
intelectuales
y artistas
"cuya
pérdida nos deja desolados").
En el pueblo el párroco
no
hará correr la voz
y la
madre se pintará
frente
al espejo
como
cada mañana de oficina.
Mientras
tanto
algunos
viajeros se preguntan,
sus
ojos como úteros vacíos...



