jueves, 11 de octubre de 2012

Mujeres


                                                           
                                          
                                                                                  (Imogen Cunningham)

Remitirse a la sed. Son sólo dos extractos, saben a desierto, a la sed en medio de un desierto (?). Esto es un tipo de desolación persistente. No quise hablar como si escribiera un telegrama. STOP. Qué estúpida frase (esto es un tipo de desolación persistente... ¿cuál no?). Aunque quisiera mandar un telegrama no podría hacerlo, en realidad, eso me importa más bien poco. Sudor¿Contra quién se golpea, contra quién se escupe, contra quién se estrellan las incógnitas sin devolvernos nada?  


1-"Cuando me corría sentía como si fuera en la cara de todo lo decente, blanca esperma resbalando por las cabezas y almas de mis padres muertos. Si hubiera nacido mujer seguro que hubiera sido prostituta. Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más guarras mejor. Y sin embargo las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí. Básicamente deseaba prostitutas porque eran duras, sin esperanzas, y no pedían nada personal. Nada se perdía cuando ellas se iban. Pero al mismo tiempo soñaba con una mujer buena y cariñosa, a pesar de lo que me pudiera costar. De cualquier manera estaba perdido. Un hombre fuerte pasaría de ambos tipos. Yo no era un hombre fuerte. Así que continuaba bregando con las mujeres, con la idea de las mujeres".


2-"Cogí mi botella y me fui al dormitorio. Me quité los calzones y me eché en la cama. Nada estaba en armonía. La gente sólo abrazaba a ciegas lo que se pusiese delante: Comunismo, comida natural, zen, surfing, ballet, hipnotismo, terapia de grupo, orgías, paseos en bicicleta, hierbas, catolicismo, adelgazamiento, viajes, psicodelia, vegetarianismo, la India, pintar, escribir, esculpir, componer, conducir, yoga, copular, apostar, beber, andar por ahí, yogurt helado, Beethoven, Bach, Buda, Cristo, jugo de zanahorias, suicidio, trajes hechos a mano, viajes en jet, Nueva York, y de repente todo se evaporaba y se perdía. La gente tenía que encontrar algo que hacer mientras esperaba a la muerte. Supongo que está bien poder elegir.
 Yo hice mi elección. Cogí mi botella de vodka y me pegué un buen trago. Los rusos conocían el tema". 

Mujeres, Charles Bukowski



viernes, 5 de octubre de 2012

Los sostenes y las bocas que no desean

Todos estos hombres:
caparazón de tortuga,
dedos atusando un cabello
que es casi un testimonio,
apenas un puñado de mechones
en una inmensa bóveda craneal.
Gestos obscenos y besos tibios.

Todas estas mujeres:
iris ansiosos escrutando
una cesta de flores,
estirando la falda y la falta.
Aséptico el pecho
que no pronuncia
nunca la caricia.

(Aquí los cuerpos observan el reloj:
unos querrían aminorar su marcha,
otros volarlo por los aires).

Entre las luces de neón solo brillan
tachuelas y disfraces,
algunas risas son canciones fúnebres
y ni los estropajos desquitan
el olor culpable de las habitaciones.



lunes, 1 de octubre de 2012

Cruzo mis brazos,
me inclino y te saludo,
eres tú, soy como tú,
reconozco tus labios 
y el hoyo suave en la base del cuello. 
Hay tanta distancia entre lo idéntico
-afuera todo es verde, hace sol
y la brisa es delgada-,
tan imposible que me extiendas la mano.
Te imagino de niña, quieta
un momento mientras los otros 
corren, sintiendo el aire
en las mejillas rojas;
sonreirías después, cuando te reclamaran.
Es como si mi vida hubiera sido tuya.
Y no me mirarás. Lo único
que importa es siempre lo imposible. 
Afuera es tan azul el cielo.

Olvido García Valdés

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¿Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuándo las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque! 
Bodas de sangre, Federico García Lorca

Arrancar. Tienes un montón de relatos esperando bajo una cubierta dura y de color azul. Raymond Carver. Es difícil sobrecogerse, pero a veces... a veces alguien juega con palabras precisas como un reloj de cuco y de pronto no necesitas compadecerte de nadie sino de ti. Arrancar no es posible, no ahora que "las cosas llegan a los centros", o llegaron ya y apenas se reblandecen un instante, no te dan tiempo a resquebrajarlas. Quizá golpear te resulte más sencillo. Golpear, como algunos personajes que parecen salir del libro que sujetas para apretar sus nudillos delante tuya justo antes de asestarte un buen revés. Y no sabes si deberías mirar hacia ambos lados del vagón, o bajar un poco más los ojos; no se puede estar sola cuando una muchedumbre de rostros tristes se agolpa para coger el mismo tren, aunque una historia te atraviese y las vísceras que nadie ve reposen en el suelo. Son vísceras pero no sangra nada. O sangra a la manera en que sangran las cosas que de verdad escuecen. No sabes muy bien por qué pero te vienen a la cabeza los dibujos que escondías en las últimas páginas del bloc escolar cuando eras una niña y los murmullos que resuenan en los tímpanos equivocados. El tren va a efectuar su entrada en la estación, repite una voz mecánica, y acomodas a Carver entre una botella de agua, dos montoncillos de apuntes y un monedero gastado. Por fin puedes darte una tregua.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Where you invest your love, you invest your life








Justo eso, aunque sepas que caminar hacia el lugar que quieres es infinitamente más complicado que dirigirte hacia ningún espacio en concreto. Pero es justo eso, te das cuenta. Primero quema y después te das cuenta. O quizá precisamente porque te das cuenta, quema, no estás segura. Como cuando decides escribir las palabras que (te) asustan en el margen de la hoja, inconexas, alejadas, evitando observar en toda su magnitud el perfil exacto de tu necedad, tus certezas de argamasa. Lo verdadero es como un hilillo de sangre, ¿no crees? A nadie le gusta observar cómo tiemblan sus extremidades y se resquebrajan sus cimientos; o ser consciente de que es imposible eludir el momento de enfrentarte a la vacuidad de las razones que esgrimes para justificar tu vida. 

Resulta estúpido eso de las razones para justificar no se qué ante no se sabe quién, los argumentos de peso y demás expresiones soporíferas y severas. ¿Para qué querrías entregar  a todos los que desean indagar sobre ti -sin detenerse en ti- ese ramillete de dudas que tejes y destejes según tu voluntad, tu antojo, tu miedo? 

Es preciado ese ramillete... ¡tan bien te resume y tan poco dice explícitamente de ti! Sería inútil que alguien intentara construir a partir de él una imagen certera, ni siquiera aproximada, de tu persona. Terminaría recreando una sensación similar a la de un bebé engalanado para un bautizo -precioso entre telas brillantes pero incómodo en su verdadero sentir- y poco más. Bueno, al menos lo que quede de trayecto podrás llevar esas flores de nada entre los brazos, agradecer su compañía silenciosa. Y cuando arrojes todas esas razones y ese mundo de cielos que no son, esperarás tan sólo a quien desee esperarte.  


*El título de la entrada corresponde a un extracto de la canción "Awake my soul" de Mumford & Sons.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Nadie salvó y nadie estuvo a salvo

La fe en sus manos se partirá en dos.
Dylan Thomas

Soy yo, Casandra,
y esta es mi ciudad bajo las cenizas.
Wyslawa Symborska

Más a menudo de lo que desearíamos las personas se salen del boceto que les habíamos asignado. O del boceto que ellas mismas habían ido trazando para entregárnoslo un día, temblorosas y cómplices, bajo la promesa no expresada de adorar  sin fiebre, con honestidad, lo compartido, de preservar de la astucia de los años lo digno de ser reconstruido en la memoria. 

Al final, lo poco o mucho digno de preservarse lo suele portar uno solo entre las manos, porque cuando el agua se agolpa entre el espacio que va desde tus hombros a la punta de tus pies únicamente hay un cuaderno al borde de la cama y nadie ha llegado para poner las palabras indecibles en tu boca, nadie salvó y ninguna vivencia ha quedado redimida. Sobre la celulosa, la caligrafía es tenue como la de un párvulo, dos metros más allá, dentro del cuerpo que supones tuyo -porque así debe ser y porque algo debía contener esta interrogación de lunes-, la confianza es un avión de papel cuadriculado reducido a masilla tras descender a un charco. Prefieres observar, levemente escondida tras un estor, cómo la estrecha callejuela a la que da la cocina se llena de viandantes, de humo, palmas sudorosas, historias que imaginas frágiles, plenas, con pulso de certezas perdurables y copas que no estallan por la incomprensión sino por lo incontenible. 

Aunque no puedas obviar que siempre hay un poco de sangre coagulada entre aquella otra que brota a borbotones, un poco de dolor debajo del umbral de lo que fluye, la visión de la acera te devuelve a los días en que creer era algo más que abrir carpetas de fotografías antiguas en el PC e intentar reafirmarte, sin ningún atisbo de seguridad y escasa convicción, en eso de que lo valioso es capaz de trascender el mísero reflejo de lo traicionado. 


E. Hopper