"And I showed my body to the sea again.
And I laughed at her for being so cruel.
And I left these broken bottles, and empty
corridors.
And I walked right on through.
And I never, I never dream of you.
Oh, honey, I never, I never dream of you".
Al menos hasta donde me alcanzaba la vista, no solía haber nadie más en la playa pasadas las siete, a excepción de una pareja de ancianos que paseaba algunas tardes por allí con un niño de apenas dos
años, rubio y menudo, rozándoles los talones. Andaba dubitativo, con pasitos cortos y escasamente decididos que solían
acabar en tropiezo, pero se mantenía firme y rebosante de asombro cuando miraba
al mar. Me descansaba observarle, tenía el pelo enmarañado por la brisa y parecía debatirse entre una alegría intensa y cierto terror casi imperceptible a medida que se acercaba a la orilla. Sus abuelos se situaban detrás de él, sonreían y esperaban a que el el niño les pidiera un helado -el desenlace siempre era ese-; para lo cual tenían que abandonar la playa y acercarse a un pequeño quiosco regentado por una joven argentina que, a fuerza de repetición y costumbre, sabía perfectamente cuál sería su elección y se apresuraba a preparar dos batidos de chocolate y un cono de fresa nada más les observaba aproximarse.
Además de eso y de unos cuantos elementos rutinarios, de aquel verano recuerdo principalmente las dudas, la llovizna suave y constante que caía sobre las aceras del pueblo por las noches, un paisaje nebuloso y abúlico y las noticias que llegaban desde Madrid, en su mayor parte edulcoradas -para evitarme sufrimientos, según me dijeron más tarde-. También la sensación de estar continuamente esperando un desenlace que podía llegar a ser devastador. Siempre llevaba conmigo una libreta pequeña y de hojas cuadriculadas, que sostenía
sobre los muslos si decidía sentarme a observar, lo cual sucedía bastante a menudo. Creo que era un modo de poner orden, como si necesitara
una parcela de control absolutamente mía, un espacio ileso. Quizá por ese motivo me enfurecía tanto que se levantara de cuando en cuando aquel viento caprichoso e imprevisible,
capaz de pasar por mí las páginas del cuaderno sin previo aviso. En cierto modo,
no era únicamente aquello lo que me obligaba a retroceder una y otra vez, pero se
erigía como un símbolo fácilmente identificable de todos mis pasos en
falso. Violar una frontera es
más sencillo que reponer un cuerpo, las preguntas de un cuerpo -escribí en la primera de las hojas-.
