sábado, 5 de enero de 2013


"Actualizadas y explicadas en palabras, sus impresiones se podían resumir del modo siguiente: la muerte era de una naturaleza piadosa, significativa y tristemente bella, es decir, espiritual; pero, al mismo tiempo, también poseía una segunda naturaleza, casi contraria, muy física y material que, desde luego, no se podía considerar bella, ni significativa, ni piadosa, ni siquiera triste. La naturaleza solemne y espiritual se expresaba en la suntuosa mortaja y ataúd del difunto, las magníficas flores y las palmas que, como se sabe, significaban la paz celestial; además, y más claramente todavía, en el crucifijo entre los fríos dedos de lo que fuera el abuelo, en la figura del Cristo bendiciendo de Thorwaldsen, que se hallaba en la cabecera del féretro, y en los dos candelabros que se alzaban a ambos lados, los cuales, en aquella ocasión, habían adquirido igualmente un carácter sacro. Todas aquellas disposiciones claramente hallaban su sentido y su buen fin en la idea de que el abuelo había adoptado su forma definitiva y verdadera para siempre. Pero además, como muy bien captó el pequeño Hans Castorp, aunque no quiso reconocerlo, todo aquello, y especialmente a su vez, la enorme cantidad de flores (y, entre éstas, en particular de nardos) tenía otro sentido y otro fin más prosaico: mitigar ese otro aspecto de la muerte que no es ni bello ni realmente triste, sino más bien casi indecente, bajo, indignamente físico; hacer olvidar o impedir tomar conciencia de la muerte.
    A esta segunda naturaleza de la muerte se debía que el abuelo difunto pareciese un abuelo tan alejado que en realidad ya ni siquiera pareciese el abuelo, sino más bien un muñeco de cera, de tamaño natural, que la muerte había cambiado por la persona y al que ahora se rendían tan píos y fastuosos honores. El que yacía allí, o mejor dicho: lo que se hallaba allí tendido no era, pues, el abuelo, sino sus restos mortales que, como bien sabía Hans Castorp, no eran de cera, sino de su propia materia, pero sólo de materia vacía, y precisamente eso era lo indecente y ni siquiera triste; tan poco triste como lo son las cosas que conciernen al cuerpo y sólo a él”.
La montaña mágica, Thomas Mann

martes, 1 de enero de 2013

Ayer fue día de:

I
Rememorar ciertos momentos gratos, punzantes o dolorosos; significativos en cualquier caso. Pensar que si no valiesen su peso en oro no podrían golpearte así. Es justo decirlo, aunque maldigas más de una vez lo mucho que dejaron pendiente.

II
Sonreír, alzar la copa justo por encima de la barbilla. Has decidido no beber sidra este año. Un líquido dorado se trasluce a través del cristal pero se trata de una bebida para niños, mucho más dulce. Un cúmulo de burbujas confluyen en la lengua: la infancia se parecía a eso.

III
Repetir ciertos ritos. Aquí no hay nada sacro (echar de menos sí, eso debiera serlo). Es mucha la madera que aguarda entre las brasas acrecentando la fe en estrellas fugaces. El carmín como escudo cuando tiemblan las manos.

IV
Mirar hacia unos cuantos ojos que conoces bien: es hora de pedir un deseo, de prometer mentalmente cosas sin trascendencia que no vas a cumplir. En cuestión de segundos sonreirás de nuevo, casi sin ser consciente. A veces es sencillo dar las gracias.

V
Hay tres niños en el salón y las palabras "qué grandes están ya" reverberan en tu cabeza. Pareces mamá, te dices. Vuelves a sonreír y aflora en tu rostro un gesto dulce, confiado.

VI
El espejo te devuelve una imagen ladeada de ti misma, te detienes a observarla. Se acercan los veintiuno. Como dos cometas enredadas, a punto de precipitarse hacia el asfalto, tu trayectoria y la mía se aproximan. Tres años antes te dijimos adiós, mantuvimos el cuerpo de sal más de un invierno (y aún ahora, siendo sincera). Si pensara un instante más en eso, tendría que volver al baptisterio de luz que construimos y no existe, al tiempo de los interrogantes, del aceite hirviendo... de dibujar sobre la almohada paisajes imposibles, descuidados. 

VII
"Ayúdame a lanzar todo este confeti a los mayores, tía" te repite insistentemente un niño, apretando tu mano con la suya. Para qué la nostalgia... habrías disfrutado tú también mirándole a los ojos, a su ilusión tan nueva como el primer temblor.


viernes, 28 de diciembre de 2012

Imaginar hasta la risa

No suele suceder muy a menudo, pero de vez en cuando me da por reflexionar sobre un tema de esos que en la actualidad rigen la agenda informativa de todos los medios, el tema de los temas, que diría mi redundante amigo Nacho. Pujando con el devenir de la crisis, este asunto abre los telediarios desde hace más de dos semanas -incluso se ha observado un incremento notable en los índices de venta de prensa escrita desde que saliera a la luz, apuntan los expertos-. Porque, ¿quién coño no se ha preguntado a lo largo de estos últimos días si la frente de Dickens estaba surcada de arrugas (como uno de esos troncos bellísimamente retorcidos) o permaneció, como parecen concluir las últimas informaciones, lisa durante su longeva vida? 

He de reconocer que la primera vez que oí lanzar esta pregunta a los espectadores, en un telediario matutino, me dio un ataque de risa tan incontrolable que casi se me cae la taza de las manos. Al tratar de apoyarla rápidamente sobre la mesa para alcanzar el mando, a fin de poder subir cuanto antes el volumen de la televisión y reírme un poquito más a gusto, hice añicos las cuatro galletas del desayuno. Era tal el estado de excitación en el que me encontraba que dije dirigiéndome a ellas: haber elegido un lugar más seguro, listillas. Tras ello, estuve más de diez minutos pegada a la pantalla, sintiendo aflorar en mí un sentimiento de culpabilidad y vergüenza. Había leído con un rigor casi científico un buen número del grueso de sus obras, ¿cómo era posible que jamás me hubiera formulado tan trascendental pregunta?.

Un sudor repentino comenzó a resbalarme por las manos. Me torturaba pensar que la frente de un escritor de la genialidad de Dickens mantuviera un aspecto imperturbable, desligado del fluir del tiempo... tan similar a la expresión insípida de quien abre un regalo que no le emociona. La frente de una cabeza que verdaderamente podamos calificar como pensante no debería dejar de ser nunca una especie de sábana santa, el lugar en el que reposan marcas indelebles, como un señuelo vagamente comprensible o un inciso en la trayectoria de la vida.

Creo que he llegado a un límite de excitación respecto a este asunto bastante sospechoso en términos de equilibrio emocional (ay siglo XXI, tu obsesión por la medida es algo que considero tan, tan aborrecible...); quizá deba dejarlo a un lado hasta nuevo aviso. 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

"Se es de donde se quiere ser y se pertenece a quienes se desea pertenecer".

Paraíso inhabitado, Ana María Matute

jueves, 20 de diciembre de 2012

Hablan de un mundo que se agota,
pero es antigua la seña inscrita en los postigos
como el envés de un vaso ya quebrado.
Dime, ¿cómo conoces tú que la sangre es espesa?

Alzo los ojos lentamente
         para observar
la procesión de pájaros,
un rezo equiparable
al murmullo de un tren que descarrila.

El café de la mañana es negro
pero no significa para mí ningún augurio:
la sordidez es cosa del latido.


domingo, 16 de diciembre de 2012

"Enderezo con letras mi memoria. Mi deuda es no olvidar lo
 que amo, aquello que ha supuesto mi decisión o la lucha.

                                              Pongo a remojo la conciencia.

Este es mi único empeño y nada del pasado va a cambiar".

                                                     Ana Martín Puigpelat


    
Ina at East Hampton, Jeanloup Sieff