jueves, 10 de enero de 2013

Y no son margaritas nuestros cuerpos


Me pregunto cómo será mirar desde unos ojos saciados ya de vida, cómo nombra la inocencia quien percibe de nuevo los gestos tantas veces repetidos, los simulacros de la plenitud, el ir y venir de retinas que no dejan huella. O hasta qué punto molesta a una mujer que conoce el dolor de enterrar a un hijo una astilla clavada en el talón. 

Conocerse es también una ruptura: antes de unirnos algo quiebra. Siempre. Pero una ruptura imperceptible. Como cuando aquel hombre deslizó su anillo de casado a través de una americana oscura y te invitó a un daiquiri (que aceptaste). O como cuando alguien te robó la cartera en la estación -igualmente imperceptible fue la sucesión de insultos que proferías despacio, colérica y casi muda-. Tampoco guardas recuerdo alguno de la gente que permanecía apoyada en su equipaje, haciendo llamadas o esperando encontrar un horizonte válido tras la chincheta de un mapa. Prefirieron no reparar en tu angustia, de aquello sí te diste cuenta. Y les borraste el rostro; odiabas su entusiasmo y su ansiedad. También se rompió algo cuando aquel vigilante dijo: "haber estado atenta, jovencita". Pero esta vez no lo hizo de un modo imperceptible, de hecho, sonó como un cuchillo arrastrado largo tiempo sobre porcelana. Y quisiste escupir y dar razones, o volverle la cara de un bofetón. 

Pero crecer es otra cosa. Tal vez, la imposibilidad de pasar por alto lo que desearías obviar. Posiblemente serás tú quien vuelva el rostro en más de una ocasión para asegurarte de no haber pisado por descuido el asfalto húmedo, que amenaza con huellas de felino y probabilidad de esguince; o para no observar la descomposición de los cuerpos que amas. 




Imogen Cunningham y Twinka Thiebaud
fotografiadas por Judy Dater




No hay comentarios:

Publicar un comentario