jueves, 10 de enero de 2013

Y no son margaritas nuestros cuerpos


Me pregunto cómo será mirar desde unos ojos saciados ya de vida, cómo nombra la inocencia quien percibe de nuevo los gestos tantas veces repetidos, los simulacros de la plenitud, el ir y venir de retinas que no dejan huella. O hasta qué punto molesta a una mujer que conoce el dolor de enterrar a un hijo una astilla clavada en el talón. 

Conocerse es también una ruptura: antes de unirnos algo quiebra. Siempre. Pero una ruptura imperceptible. Como cuando aquel hombre deslizó su anillo de casado a través de una americana oscura y te invitó a un daiquiri (que aceptaste). O como cuando alguien te robó la cartera en la estación -igualmente imperceptible fue la sucesión de insultos que proferías despacio, colérica y casi muda-. Tampoco guardas recuerdo alguno de la gente que permanecía apoyada en su equipaje, haciendo llamadas o esperando encontrar un horizonte válido tras la chincheta de un mapa. Prefirieron no reparar en tu angustia, de aquello sí te diste cuenta. Y les borraste el rostro; odiabas su entusiasmo y su ansiedad. También se rompió algo cuando aquel vigilante dijo: "haber estado atenta, jovencita". Pero esta vez no lo hizo de un modo imperceptible, de hecho, sonó como un cuchillo arrastrado largo tiempo sobre porcelana. Y quisiste escupir y dar razones, o volverle la cara de un bofetón. 

Pero crecer es otra cosa. Tal vez, la imposibilidad de pasar por alto lo que desearías obviar. Posiblemente serás tú quien vuelva el rostro en más de una ocasión para asegurarte de no haber pisado por descuido el asfalto húmedo, que amenaza con huellas de felino y probabilidad de esguince; o para no observar la descomposición de los cuerpos que amas. 




Imogen Cunningham y Twinka Thiebaud
fotografiadas por Judy Dater




lunes, 7 de enero de 2013


UN ATLAS DEL MUNDO DIFÍCIL (XIII DEDICATORIAS)

Sé que estás leyendo este poema
tarde, antes de salir de tu oficina
la del único e intenso foco de luz amarilla y la ventana que se ensombrece
en la lasitud de un edificio que se desvanece en la quietud
mucho después de la hora punta.     Sé que estás leyendo este poema
de pie en una librería lejos del océano
en un día gris de principios de primavera, débiles copos empujados
en torno a ti a través de los inmensos espacios de las llanuras.
Sé que estás leyendo este poema
en una habitación en la que te ha sucedido demasiado para poder soportarlo
en la que espirales de sábanas yacen estancadas en el lecho
y la maleta abierta habla de fuga
pero aún no puedes irte.    Sé que estás leyendo este poema
mientras el metro disminuye la velocidad y antes de subir
          corriendo las escaleras
hacia un amor diferente
que la vida nunca te ha concedido.
Sé que estás leyendo este poema a la luz
de la pantalla del televisor donde se realizan imágenes mudas que sobresaltan
mientras esperas las últimas noticias sobre la Intifada.
Sé que estás leyendo este poema en una sala de espera
de ojos que coinciden y no se encuentran, de identidad con extraños.
Sé que estás leyendo este poema bajo una luz fluorescente
en el aburrimiento y la fatiga de los jóvenes excluidos,
que se excluyen, demasiado jóvenes.      Sé
que estás leyendo este poema con la vista que te falla, las gruesas
lentes agrandan estas letras más allá de todo significado y aun así continúas
         leyendo
porque hasta el alfabeto es valioso.
Sé que estás leyendo este poema yendo y viniendo junto al horno
calentando leche, con un niño que llora en tu hombro, un libro en la
              mano
porque la vida es corta y también tú tienes sed.
Sé que estás leyendo este poema que no está en tu idioma
te imaginas algunas palabras mientras otras te hacen seguir leyendo
y quiero saber qué palabras son ésas.
Sé que estás leyendo este poema esperando oír algo, rota
                                   entre la amargura y la esperanza
para volver una vez más a la tarea que no puedes rechazar.
Sé que estás leyendo este poema porque no hay más
                                    que leer
allí donde has arribado, desnuda como estás.


Adrienne Rich
traducción de María Soledad Sánchez Gómez