"Actualizadas y explicadas en palabras, sus
impresiones se podían resumir del modo siguiente: la muerte era de una
naturaleza piadosa, significativa y tristemente bella, es decir, espiritual; pero,
al mismo tiempo, también poseía una segunda naturaleza, casi contraria, muy
física y material que, desde luego, no se podía considerar bella, ni
significativa, ni piadosa, ni siquiera triste. La naturaleza solemne y
espiritual se expresaba en la suntuosa mortaja y ataúd del difunto, las
magníficas flores y las palmas que, como se sabe, significaban la paz
celestial; además, y más claramente todavía, en el crucifijo entre los fríos
dedos de lo que fuera el abuelo, en la figura del Cristo bendiciendo de
Thorwaldsen, que se hallaba en la cabecera del féretro, y en los dos
candelabros que se alzaban a ambos lados, los cuales, en aquella ocasión,
habían adquirido igualmente un carácter sacro. Todas aquellas disposiciones
claramente hallaban su sentido y su buen fin en la idea de que el abuelo había
adoptado su forma definitiva y verdadera para siempre. Pero además, como muy
bien captó el pequeño Hans Castorp, aunque no quiso reconocerlo, todo aquello,
y especialmente a su vez, la enorme cantidad de flores (y, entre éstas, en
particular de nardos) tenía otro sentido y otro fin más prosaico: mitigar ese
otro aspecto de la muerte que no es ni bello ni realmente triste, sino más bien
casi indecente, bajo, indignamente físico; hacer olvidar o impedir tomar
conciencia de la muerte.
A esta segunda
naturaleza de la muerte se debía que el abuelo difunto pareciese un abuelo tan
alejado que en realidad ya ni siquiera pareciese el abuelo, sino más bien un
muñeco de cera, de tamaño natural, que la muerte había cambiado por la persona
y al que ahora se rendían tan píos y fastuosos honores. El que yacía allí, o
mejor dicho: lo que se hallaba allí tendido no era, pues, el abuelo, sino sus
restos mortales que, como bien sabía Hans Castorp, no eran de cera, sino de su
propia materia, pero sólo de materia vacía, y precisamente eso era lo indecente
y ni siquiera triste; tan poco triste como lo son las cosas que conciernen al
cuerpo y sólo a él”.
La montaña mágica, Thomas Mann
Mi madre me explicó hace mucho tiempo que cuando su abuela Andrea se fue ya no era ella la que yacía en la cama, sino su envoltorio. Como el papel de regalo que tiene todo el sentido del mundo antes de liberar su contenido y luego queda arrugado y olvidado en un rincón. Somos lo que no se ve.
ResponderEliminar"Lo esencial es invisible a los ojos".
Es precioso cómo lo has explicado. Y extraño, también, que al final todo sea vaciarse.
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